
Angel Alva
Un día —quizá sin aviso, quizá en medio del silencio— te darás cuenta de que tantas cosas que hoy te inquietan, que ocupan tu mente y pesan en el pecho, ya no tienen el más mínimo sentido. Habrás cambiado tú… no porque la vida se haya vuelto más fácil, sino porque tú te volviste más consciente.
Y es que cuando te haces amigo de tu finitud, cuando te reconcilias profundamente con el hecho de que no estarás aquí para siempre, algo en ti se ordena. Se desvanecen tantos miedos. Se disuelven las urgencias que no eran tales. La muerte, lejos de ser enemiga, se convierte en maestra: te recuerda que la vida es un instante… y que no vale la pena llenarlo de preocupaciones pequeñas.
Lo que ayer parecía urgente, hoy apenas merece tu energía. Lo que tanto temías perder deja de tener el poder de definirte. Y lo que una vez creíste indispensable, ahora se revela como prescindible. La mirada cambia cuando sabes que cada día puede ser el último —y, desde ahí, solo queda vivir con verdad.
Ese día llegará. Tal vez no cuando tú lo esperas, pero llegará. Y cuando llegue, vas a sonreír con compasión hacia tu antiguo yo… ese que se angustia demasiado por cosas que, al final, nunca fueron tan importantes, y te entregarás con tanto Amor a tu exacta, perfecta y necesaria trascendencia.
