Mudanza

No hay muerte, hay mudanza.
Facundo Cabral

La vida no se interrumpe con la muerte, solo cambia de forma. Esta frase —tan simple como reveladora— nos invita a mirar más allá del final biológico, hacia una comprensión más amplia del tránsito humano.

Desde la ciencia, sabemos que la energía no se destruye: se transforma. Lo mismo ocurre con la información emocional y relacional que se gesta entre los seres humanos. Cuando alguien parte, el vínculo no se borra; se reconfigura. Estudios en neurociencia han demostrado que el amor y el apego moldean circuitos profundos que permanecen activos incluso tras la pérdida. El cerebro no olvida lo que ha amado, lo integra. Así, el ser querido deja de estar físicamente presente, pero se convierte en una presencia interna, íntima, que acompaña desde otro plano.

Y si miramos con ojos del alma, también comprendemos que la muerte no es más que un cambio de morada. El cuerpo se detiene, pero la esencia —eso que verdaderamente somos— continúa su viaje. Así como el árbol deja caer sus hojas para renacer en otra estación, la vida también sabe vestirse de nuevas formas.

Aceptar la muerte como una mudanza es abrazar la continuidad del amor. Es confiar en que no todo termina; que algo eterno sigue vibrando, acompañándonos en sueños, intuiciones, silencios… y en esa certeza sutil de que lo amado no se ha ido, solo ha cambiado de lugar.