
Angel Alva
La existencia se mueve en un ritmo de opuestos que se complementan: tomar y soltar, inhalar y exhalar. Nada se detiene. Todo comienza con el acto de recibir —aire, amor, enseñanzas, vínculos—, pero no todo está hecho para quedarse. Hay que soltar, dejar ir, confiar en que lo que se va también tiene un propósito.
Ese ciclo constante nos prepara, sin que lo sepamos, para el gran acto de entrega: la muerte. Sin embargo, antes de ese momento, la vida nos ofrece una puerta sutil hacia la eternidad: servir.
En lugar de morir, servimos. Porque cuando servimos desde el alma, nos volvemos memoria viva. Nos quedamos en gestos, palabras y decisiones de quienes tocamos con autenticidad. Servir es una forma de trascender; es dejar una huella que no necesita mármol ni monumentos: basta un corazón tocado por el amor.
Así, al servir, también nos reconciliamos con el miedo más antiguo: el de desaparecer. Quien sirve no muere del todo. Y quien vive sirviendo encuentra sentido incluso en lo inevitable.
La vida no se trata solo de durar, sino de dejar algo que dure más que uno. Por eso, entre el tomar y el soltar, el inhalar y el exhalar… elegimos vivir. Y vivir, profundamente, es servir.
