
transformándolos en mi realidad.
Angel Alva
Hay viajes que no se emprenden con maletas.
Se emprenden con banderas invisibles.
Mi bandera fue el miedo.
Sin advertirlo, la convertí en emblema personal.
Y con ella en alto, caminé por la vida moldeando lo que veía… para que coincidiera con su sombra.
Escogí escenas.
Escogí voces.
Escogí gestos que le dieran razón.
Ignoré todo aquello que pudiera desmentirlo.
Y así, construí una realidad a su imagen y semejanza.
No era azar.
Era mi manera de librarme —o eso creía— del esfuerzo, el compromiso, la disciplina que exige enfrentar lo verdadero.
Más fácil era justificarme… que atravesar el umbral de lo incómodo.
Luego llegó la segunda trampa: culpar al otro.
Convertirlo en origen y prueba de mi herida.
Y después… alejarme.
No para sanar, sino para preservar intacta mi narrativa.
Ahí el miedo crecía.
Y la historia… se repetía.
Ese es el círculo vicioso:
El miedo fabrica la ilusión.
La ilusión señala culpables.
Y la distancia asegura que nada cambie.
Un paisaje de fantasía… y dolor.
Donde confundimos permanencia… con seguridad.
Salir no es cuestión de fuerza.
Es cuestión de lucidez.
Es comprender que el mundo que creemos real… es solo un eco de nuestras proyecciones.
Y que el primer acto de libertad…
es soltar la bandera, aunque nos tiemblen las manos,
para que el viento nos revele horizontes que jamás imaginamos.
Que hermoso fue habernos proyectado...
Angel Alva
