
Nikola Tesla
Esta afirmación, lejos de ser solo una metáfora poética, tiene un profundo sustento en la física moderna. Todo lo que existe —desde las partículas subatómicas hasta las galaxias— está en constante vibración. Nada está realmente “sólido” o “quieto”: la materia es energía en distintos estados de organización.
De forma similar, nuestras emociones, pensamientos y estados internos también poseen una frecuencia. No es coincidencia que, cuando estamos en calma o en gratitud, percibamos la realidad con mayor claridad. El cuerpo se regula, la mente se ordena y las decisiones fluyen con más coherencia. Es porque estamos vibrando en un rango más armonioso.
Esto no implica negar el dolor, la tristeza o el miedo. Significa comprender que también ellos tienen una energía específica, y que, al observarlos sin juicio, podemos transformarlos. Lo que se reprime, se estanca; lo que se siente, se mueve… y lo que se mueve, evoluciona.
La ciencia ha demostrado que nuestras células responden al entorno, pero también a nuestras creencias, intenciones y emociones. Por eso, cultivar una frecuencia interna elevada —desde la conciencia, no desde la evasión— impacta directamente en nuestra salud, relaciones y bienestar.
Vibrar no es un concepto esotérico. Es una realidad física. Y elegir con qué energía habitamos el mundo es, también, elegir cómo el mundo nos responde.
