
Joseph Zinker
Amar no siempre implica acción ni reciprocidad. Existe un amor más esencial, más antiguo que cualquier vínculo humano: aquel que nace del asombro por la existencia misma. “El Amor es el regocijo que siento por la mera existencia de algo o alguien”, y en esta frase se condensa una verdad profundamente filosófica: amar es afirmar, con gozo, el simple hecho de que el otro es.
En esta forma de amor no hay exigencia ni expectativa. Es un estado del alma que honra lo que existe sin querer cambiarlo. Un reconocimiento silencioso, casi sagrado, de que el ser del otro posee un valor intrínseco, más allá de lo útil, lo bello o lo cercano.
Los antiguos hablaban de la contemplación como el acto más elevado del espíritu. Aquí, amar es contemplar. No para analizar ni poseer, sino para maravillarse. Como quien observa una estrella lejana: no puede tocarla ni comprenderla del todo, pero su sola existencia produce gozo.
Esta forma de conexión es, en realidad, el propósito más alto de vivir: aprender a amar sin condiciones, hasta que desaparezca la frontera entre el que ama y lo amado. Hasta que, en ese proceso de expansión, nos disolvamos en el mismo Amor. Porque el fin último no es solo amar, sino ser Amor.
Y entonces, la vida deja de ser una búsqueda… y se convierte en presencia plena.
