
Angel Alva
Los seres humanos tenemos una extraña y comprensible habilidad: podemos mentirnos a nosotros mismos con tanta convicción que llegamos a creer nuestras propias historias. A veces, incluso sin darnos cuenta, intentamos convencer a otros de esas verdades parciales, distorsionadas por el miedo, la necesidad de pertenecer o el deseo de ser amados.
No lo hacemos por maldad. Lo hacemos porque estamos en construcción. Porque ser humanos es complejo, y muchas veces no sabemos aún cómo mirarnos con honestidad sin que duela. Por eso, más allá de las palabras que alguien pueda decir, lo que verdaderamente nos habla de su esencia… son sus actos.
Ahí está la herramienta más clara, más justa y también más amorosa que tenemos: observar lo que alguien hace. No para juzgar, sino para comprender. Porque cuando vemos que los actos sostienen con coherencia lo que se dice, podemos confiar. Y entonces, sus palabras dejan de ser promesas o discursos: se vuelven música, consuelo, verdad que acaricia.
Aprender a creer en los actos —con empatía, sin exigir perfección— nos ayuda a ver la verdad detrás de las máscaras, incluso las nuestras. Y cuando ya no esperamos que los demás sean impecables, sino simplemente humanos, podemos disfrutar sus palabras con ternura, sabiendo que vienen de un alma que, como la nuestra, está intentando ser auténtica en medio del caos de ser persona.
